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Lazos Rotos
- Autora
- TWITY V
- Género
- Suspenso psicológico · Drama familiar
- Idioma
- Español
Sinopsis
Una historia de traición familiar por una herencia y el camino hacia la superación. Cuando la muerte de un ser querido destapa ambiciones ocultas, los lazos que parecían irrompibles empiezan a deshilacharse. Entre silencios, papeles y heridas antiguas, su protagonista deberá decidir qué está dispuesta a perder para reencontrarse consigo misma.
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Capítulo 1
Capítulo 1: El comienzo
Recuerdo aquel día como si fuera ayer. Un día soleado de otoño, de esos en
que se miraba al cielo y no se encontraba ni una nube. Aquel 12 de noviembre
de 2016 debería haber sido un día cualquiera, uno en el que se podía disfrutar
de la brisa tibia sin pensar en nada más; en cambio, fue el día en que algo
dentro de mí murió. Estaba en una habitación blanca, la número 111, donde
solo parecían habitar el vacío y el silencio. A la derecha había un pequeño
ventanal por el que entraba la luz del sol, y fue allí donde quedó grabada la
imagen que todavía hoy me persigue: mi padre en aquella camilla de hospital,
ya sedado, mientras solo quedaba esperar a que el tic tac del reloj apagara su
cuerpo. Mientras lo veía respirar con dificultad, pensaba una y otra vez en todo
lo que nos había quedado por vivir. Con 59 años recién cumplidos, una vida se
apagaba demasiado pronto. Quería gritarle a Dios, pedirle un milagro, rogarle
que su hígado sanara, que abriera los ojos, que me dejara abrazarlo con toda
la fuerza que me temblaba en el pecho. Guardaba en lo más hondo de mí
tantas cosas que nunca llegué a decirle, y ahora era demasiado tarde para
sacarlas.
No estaba sola en aquella sala. Estaba mi abuela Ana María, con la mirada
perdida y sin mostrar ninguna emoción, porque aquel era ya el segundo hijo
que perdía; aun así, se notaba que por dentro estaba deshecha. También
estaban sus hijas, Amelia e Ingrid, y su hijo, Fito, todos en silencio, mirando a
mi padre y aceptando que pronto llegaría el momento de su partida.Mi madre,
Katarina, también estaba allí: ella nunca lo abandonó, ni en los peores
momentos. Perder a su marido a una edad tan temprana fue devastador para
ella. Mi padre se iba, y mi madre se quedaba sola con todo el peso de
acompañar a una joven de 19 años que apenas empezaba a decidir qué quería
para su vida. El ambiente se volvía cada vez más denso a medida que su
respiración se hacía más pesada; todos lo rodeábamos, esperando en silencio.
Los médicos decían que podía durar así horas o días, aunque su conciencia ya
no estaba con nosotros. Recuerdo mirar por la ventana y preguntarme si existía
un más allá y hacia dónde iría él. Hubo un instante en que lo miré y sentí un
aire cálido salir de su cuerpo, envolviéndome con la ternura que tanto
necesitaba en ese momento; sentía que era el alma de mi padre, dándome su
último abrazo para que pudiera afrontar su partida. Duró solo un instante, pero
nunca se me borró de la memoria. Y ahora quizá te preguntes cómo
llegábamos a esto: cómo una chiquilla de 19 años acaba despidiéndose de su
padre.
La historia, sin embargo, no empieza aquí, sino cuatro años atrás cuando la
salud de mi padre se fue deteriorando significativamente. Cuando tenía tan solo
ocho años, supe que no tenía un padre del todo sano, aunque entonces no se
notaba y él hacía una vida completamente normal: mi madre me contó que mi
padre tenía el hígado enfermo y que la única manera de sobrevivir era recibir
un trasplante hepático, es decir, que le quitaban el hígado enfermo y le ponían
uno sano. De no haberse sometido a aquella intervención, él ahora mismo no
estaría vivo —y yo no habría nacido—.En ese momento no entendí la magnitud
de esas palabras; simplemente crecía en un entorno familiar donde me sentía
completa, rodeada por mi madre y mi padre, sin saber lo afortunada que era.
Creí que sería para siempre. Pero mi cuento de hadas se derrumbó en 2013,
aquella mañana, mi padre sufrió un ataque de asma tan fuerte que no lograba
recuperar el aire. Yo estaba a punto de empezar el instituto y no supe qué
hacer al verlo tendido en el sofá, luchando por respirar. Me quedé paralizada al
ver que mi madre llegó con su inhalador, pero no le hizo efecto; al final,
recuperó el aire por sí misma. No supimos si había sido un ataque de pánico o
de ansiedad. Yo tuve que ir al instituto con aquel mal trago, sin saber bien qué
estaba pasando.
Mi padre era una persona reservada; se guardaba su historial médico para sí
mismo y no nos contaba lo que decían los médicos. Durante los primeros 20
años después del trasplante, cada vez que se hacía analíticas o pruebas
médicas, decía que todo estaba bien. Para mí, aquel episodio fue la primera
vez que abrí los ojos y me di cuenta de que su estado de salud estaba
empeorando. Aún entonces no sabía bien qué tenía; solo sabía que tenía el
hígado algo delicado.Aquel susto se me quedó clavado dentro y me hizo ver
que la paz que reinaba podía verse alterada.
Desde entonces, el ambiente de casa cambió. A mi padre le aumentaron la
medicación, y aquel hombre con quien compartía tantas risas se fue apagando
poco a poco. El hígado que tanto creía que era sano dejaba ver que la
enfermedad que siempre tuvo volvió a aparecer con los años, trayendo consigo
el malestar de salud. Esto le cambiaba mucho el carácter, provocaba que
estuviera más cansado y a la vez más irritable. Yo cursaba el bachillerato y esa
fue una de las etapas que más me tocaron por dentro. Pasé de suspender casi
todas las materias a duras penas, porque el cambio de la ESO al bachillerato
es brusco: exige un nivel de estudio mucho más alto, y al cambiar de curso, al
principio no estaba preparada. No encontré el apoyo docente que necesitaba,
ya que varios profesores me repetían que no tenía nivel para la universidad, sin
que ninguno entendiera que algo dentro de mí no funcionaba. También tuve mi
primera historia de amor con un chico del mismo entorno deportivo que yo: la
natación.Él me prometía que seríamos la pareja feliz; en realidad, ya atrapada
en sus redes, solo buscaba pasarlo bien conmigo. Enamorada y cegada, le di
la libertad que pedía, sin imaginar que aquella decisión sería la peor de mi vida.
Desde el primer momento, él supo que yo tenía un padre con la salud delicada,
pero siempre menospreciaba mi situación. Decía que mi padre no estaba tan
mal porque aún seguía viviendo en casa. No me apoyaba en mi situación. Me
maltrataba constantemente, tanto psicológica como físicamente: con
comentarios crueles que me hacían daño por dentro, y en varias ocasiones
también con golpes que me dejaban heridas. Aquello no fue una relación sana.
Me sentía perdida, sin ningún lugar que sintiera como propio. Ni en la escuela
me sentía protegida; llegaba a casa y veía a mi padre apagarse un poco más
cada día, así que salía con aquel chico buscando un refugio. En realidad, me
estaba destruyendo. Era muy difícil abrirme ante esta situación; yo prefería
quedármelo para mí misma. Recuerdo que a veces intenté comentarlo con
amistades, pero me juzgaban mucho, ya que no entendían cómo estaba tan
enredada sin poder salir de aquello. Lo peor fue que el maltrato psicológico era
tan fuerte que muchas veces explotaba porque sentía que no podía más, y esta
persona remarcaba que mi actitud no era normal, haciéndose pasar ante los
demás por la víctima, sin que nadie supiera cuál era mi parte de la historia. Y
es que, al final, siempre llevé la escondida, encerrando este acontecimiento de
mi vida dentro de una caja, sin querer dejarlo salir.
Como si no bastara, las cosas siguieron complicándose: en 2014, mi padre
sufrió una hemorragia interna mientras mi madre y yo estábamos de viaje en
Francia, en el bautizo de mi primo. Fue entonces cuando recibimos la llamada
que nos anunciaba que había tenido que ser ingresado en la UCI.Mi padre se
encontraba solo en casa en ese momento, así que llamó a un vecino que lo
ayudara. Este lo llevó a urgencias, dejando la casa patas arriba con las prisas.
Fue un verano especialmente duro ya que la salud de mi padre empeoraba a
pasos agigantados; había sufrido una hemorragia interna porque tenía la vena
cava afectada. Para poder arreglarlo, tenía que someterse a una cirugía. Estas
vacaciones se terminaron de repente con un golpe seco. A la vuelta de nuestro
viaje encontramos restos de sangre por toda la casa; mi madre y yo la tuvimos
que limpiar todo a fondo nada más regresar.Mi relación con aquel chico iba de
mal en peor por las historias que me llegaban sobre él. Una de ellas ocurrió en
una competición: habíamos hablado de pasar juntos ese fin de semana durante
el torneo. El problema surgió cuando, durante el evento, no me dio señal de
vida y su actitud fue distante. Un día antes de la competición me enseñaron
una foto en la cual él salía con otra chica. Esto me rompió por dentro y no pude
concentrarme después para hacer un buen papel en mi categoría. Pero lo peor
llegó a la vuelta a casa, cuando él me llamó y, en vez de disculparse, me dijo
que sus acciones habían sido culpa mía, y que así él había salido con ella. En
ese momento, a mis manos se les caía el mundo encima, y mi padre estaba
cerca durante la llamada y me cogía de la mano. Recuerdo cómo me dijo: «No
sigas por ahí, esa persona no te quiere». Cuánta razón tenía.
Después de aquel episodio desagradable intenté recomponerme. Reuní todas
mis fuerzas para terminar el bachillerato; aunque no sacara las mejores notas,
aprobaba las materias y aprobé la selectividad a la primera. Intentaba avanzar
como podía, aunque el ambiente de mi casa se resquebrajaba cada vez más:
mi padre, con la salud frágil, debía someterse a las intervenciones por la
afectación de la vena cava, ya que los médicos habían descubierto que era
demasiado estrecha. Él no quería morir; esa idea ni siquiera le pasaba por la
cabeza, y estaba dispuesto a lo que fuera con tal de ganar más tiempo.Una
vez, cuando estábamos juntos en el coche, lo llamó su médico especialista
para decirle que su hígado se estaba deteriorando y que una opción era
someterse a un nuevo trasplante. Mi padre no tenía miedo y contestó que haría
cualquier cosa para tener más tiempo; él consideraba aquella opción
totalmente válida. Yo siempre admiré esa fuerza interior suya, aunque me
doliera en el alma comprobar que, por más que luchara y se mostrara positivo,
su salud solo podía ir cuesta abajo. Me gradué y aprobé la selectividad, pero
seguía sin una base estable: tampoco tenía nada concreto que estudiar; me
sentía tan desmotivada que nunca llegué a tener una aspiración clara. Planteé
irme al extranjero, al final fui unos meses a Inglaterra, pero se me hacía difícil
quedarme allí con la enfermedad crónica de mi padre pesando sobre mí; la
incertidumbre y el malestar no me dejaban avanzar.
Aquello me hizo volver antes, para poder acompañarlo. En el año 2016, mi
padre buscaba libertad con desesperación; quería vivir cada instante que le
quedaba de vida: aunque su salud fuera frágil, se escapaba horas en bicicleta
sin que supiéramos nada de él; nunca nos informó de su ruta. Cuatro meses
antes de su fallecimiento llegó a comprarse una moto deportiva y nadie lo podía
controlar. En casa se instaló una angustia constante, porque sabíamos que en
cualquier momento podía ocurrir un incidente de urgencia. Cada dos por tres
teníamos que llevarlo al hospital por coágulos que se formaban a raíz de las
incontables intervenciones que le habían hecho en la vena cava. Los médicos
decían al principio que era demasiado estrecha y después que era demasiado
ancha, y ninguna intervención lograba arreglar nada. Todo venía de que el
hígado trasplantado ya no funcionaba correctamente. Además, muchas veces
ocurría que se daba un pequeño golpe y, al tener pocas plaquetas, le salían
hematomas inmediatamente.
La incertidumbre era tan grande que, un día, una de sus salidas en bicicleta
terminó en una escena teñida de rojo: estaba en casa con mi madre cuando de
golpe mi padre llamó con el móvil desde el garaje rogando que bajáramos y
que lleváramos toallas. Mi padre estaba en el garaje, sentado, con todo el suelo
cubierto de sangre; se había golpeado con fuerza contra unos materiales de
construcción, abandonados en la calle, que no vio. Allí lo vi roto, respirando un
ambiente denso, sintiendo que se acercaba el día que tanto temía. Le hicimos
primeros auxilios y limpiamos el garaje, ya que cualquier vecino que llegara con
su coche habría llamado a la policía.
Tras el accidente de bicicleta en el que se hizo varios cortes, tuvo que empezar
a tomar antibióticos, primero durante una semana, pero como la infección
provocada por aquellas heridas no desaparecía, tuvo que seguir tomándolos
varias semanas más. Todo aquello lo fue debilitando cada vez más, hasta que
se quedó sin defensas. El punto de inflexión llegó en septiembre de 2016. Yo
estaba participando en una competición deportiva cuando, al volver a casa, mi
padre dijo que no se encontraba bien y pidió que lo lleváramos a urgencias.
Esta vez se llevaba una gran bolsa con su neceser y ropa. Era la primera vez
que llevaba unas pertenencias al hospital. Era como si supiera que esta vez iba
a ser diferente. Jamás imaginé que sería la última vez que lo vería por casa.
Tuvimos que esperar horas hasta que lo atendieron; teníamos un número de
urgencias reservado por su enfermedad crónica, pero nadie nos atendió
cuando llamamos. Al final del día, cuando ya pensábamos que no era nada
grave, nos decían que tenía de nuevo un coágulo y se tenía que quedar
ingresado en el hospital.
Creímos que sería una estancia corta, pero se fue alargando. Cada vez que él
pensaba que su alta estaba cerca y organizaba planes, su salud empeoraba de
golpe y volvía a la UCI. Fueron tres meses intensos en los que no sabíamos
qué esperar; al ver que no lograba mejorar por sí mismo, empezamos a temer
lo peor.
Nunca entendí del todo por qué luchaba tanto por vivir, cuando su cuerpo daba
señales constantes de que algo andaba mal y él, aun así, seguía adelante. Se
preocupaba mucho por mí.Él sabía que continuaba con aquel chico. La verdad
es que me costaba dejarlo: cuando lo intentaba, me manipulaba dándome pena
para que le diera otra oportunidad. En aquella etapa no tenía ni energía ni
fuerzas para tomar una decisión así. Iba como en piloto automático, sin
conectar siquiera con mis emociones, y por eso en ese momento no fui capaz
de dar el paso. Mi padre un día me llevó al pasillo del hospital y nos sentamos
en un banco, para decirme de nuevo que ese chico no era para mí, que lo
dejara, que no sería feliz a su lado. Yo le prometí que lo haría, aunque en
realidad no tenía fuerzas para cambiar nada. No estaba preparada para lo que
se avecinaba.
Él también soñaba con un gran futuro para mí. Una vez me sentó a su lado y
me hizo prometerle que estudiaría; en el momento de la promesa no tenía claro
qué quería ser, solo barajaba opciones vagas que nunca terminaban de
convencerme. Recuerdo aquellos meses como una mezcla constante de luces
y sombras. Había momentos de risas en los que reaparecía el padre que tanto
admiraba. Me acuerdo de una vez que me hizo bailar el Gangnam Style en su
habitación del hospital y me vieron las enfermeras: me dio muchísima
vergüenza, pero aquella situación acabó convirtiéndose en risas. Pero también
había momentos en los que lo veía sufrir frente a mí, con bajones en los que
decía que ya no podía seguir luchando. Intentaba no llorar delante de mí, pero
a veces se le escapaban las lágrimas, por mucho que fuera fuerte y tratara de
ser positivo: veía que pasaba el tiempo y no mejoraba.
Cuando creí haberlo visto todo, los médicos anunciaron que solo le quedaba
como máximo un año de vida. Él seguía luchando cada día por salir adelante y
hacer planes, sin esperar que las cosas empeoraran aún más. Hubo una
mejoría: se le veía con luz y energía, y aunque los médicos advirtieron que era
un paciente de riesgo, decidieron dejarlo salir mientras se mantuviera estable.
Llevaba 2 meses encerrado en la habitación del hospital, como un pájaro
enjaulado, así que cuando por fin salió, aquella semana de octubre, solo se le
veía feliz, haciendo planes. No podía volver a nuestra casa —vivíamos
demasiado lejos del hospital y nuestra vivienda tenía demasiadas escaleras—,
así que era mejor que se instalara cerca, en un sitio sin escaleras y con
ascensor, recomendación del médico que lo tramitaba. Le prometimos que, si
veíamos mejoría, lo traeríamos de vuelta. Se fue a vivir con su madre, Ana
María. Ella vivía a pocos minutos del hospital; era un piso con ascensor. Los
primeros días me llamó para organizar una barbacoa juntos, un plan que siguió
en pie hasta que al día siguiente me volvió a llamar, esta vez preocupado
porque no iba bien al baño. Fue entonces cuando supe que los viejos
problemas de salud volvían a salir.
Era el día del cumpleaños de mi padre: cumplía 59 años, el 3 de noviembre de
2016, un día soleado en el que se le veía feliz. Su familia me había invitado, a
mi madre no —algo que a él le molestó mucho, porque con su familia siempre
había ese vaivén con mi madre y conmigo de estar incluidas y, de golpe,
quedar excluidas, sin que yo entendiera del todo la magnitud de aquello—. Aun
así, fui a su cumpleaños, con el dolor de intuir en el fondo que sería el último.
Mi abuela le preparó sus comidas favoritas, y él sonreía. Mi padre me llevó un
momento a la habitación que había sido la de mis tías, que daba a la piscina y
tenía una luz especial y me hizo prometerle que sería feliz pasara lo que
pasara; se lo prometí, aunque en aquel momento me resultaba imposible
imaginar una felicidad sin él. También me recordó las promesas que le había
hecho, y aunque volví a decirle que sí las cumpliría, en el fondo de su corazón
sabía que me faltaba fuerza de voluntad para cumplirlas. Aun así, quería que
se sintiera orgulloso de mí, y no quería que se quedara atado a este mundo
solo por protegerme.
Llegó el momento de soplar las velas; jamás lo olvidaré. Le trajeron su pastel
favorito, de hojaldre con crema y frutas del bosque. Estaban mis tías Ingrid y
Amelia, mi tío Fito y mi abuela Ana María. Justo antes de apagar las velas, mi
tía Ingrid dijo: «Venga, ahora llegaremos a los 60». Mi padre respondió algo
que nos dejó helados a todos: «Yo a los 60 no llego». Mi corazón se detuvo un
instante, y me pregunté si él ya intuía que su final se acercaba.
Dos días después, mi abuela llamó para comunicarnos que mi padre había
empeorado mucho. Mi madre y yo fuimos a la casa, entonces la dejaron entrar
y encontramos a mi padre desubicado, diciendo cosas sin sentido: aseguraba
que había un reloj en la pared, aunque al girarnos no viéramos nada. En el
salón estaban mis tías, mi tío Fito y mi abuela, todos observándolo, sabiendo
que algo no andaba bien. Mi padre seguía en su propio mundo, insistiendo en
que un reloj marcaba las diez y media, un reloj que solo él podía ver. Hablamos
con la familia y decidimos dejarlo tranquilo, decidiendo que iría al hospital solo
si empeoraba. El problema seguía siendo que no iba con regularidad al baño.
Esa misma noche llegó el gran susto. Recuerdo tener náuseas hacia las cinco
de la madrugada. Con mi padre siempre sentía una conexión difícil de explicar:
cuando él empeoraba, yo lo sabía antes que nadie, porque de pronto tenía
náuseas o mareos. Aquella mañana ocurrió lo mismo, y enseguida pensé que
algo iba mal. A las siete nos llamó mi abuela para avisar de que lo había
llevado la ambulancia al hospital: había sufrido una encefalopatía de grado tres.
Al llegar, esperaba encontrarlo consciente en la cama, pero la escena fue
inimaginable. Estaba atado a la camilla, sin ningún tipo de conciencia, actuando
solo por estímulos, intentando levantarse sin parar y repitiendo apenas: «Sí, sí,
sí». No se podía hablar con él ni calmarlo; su conciencia ya no estaba allí. Los
médicos nos dijeron que su hígado estaba fallando, aunque todavía no estaba
en estado crítico, y decidieron reanimarlo según el protocolo. Ni mi madre — mi
abuela Ana María, mi tía Ingrid, mi tío Fito ni yo — queríamos que lo hicieran,
porque sabíamos que al despertar sufriría un bajón muy fuerte. Pero los
médicos siguieron adelante, decididos a que volviera a ser el mismo.
El momento más incómodo llegó al día siguiente, cuando fuimos al hospital y lo
encontramos con las luces apagadas; al encenderlas vimos su cuerpo cubierto
de hematomas por las ataduras. Me miraba con los ojos llorosos y dijo que era
una vergüenza lo que habían hecho con él. Me pidió que le comprara dos
zumos, uno de pomelo y otro de piña. Fui a comprarlos llorando; el chico que
me atendió, un joven paquistaní muy amable, notó la tristeza en mi mirada y
me regaló uno de los zumos, deseándome suerte por lo que se avecinaba. Al
volver, mis padres hablaron: mi padre les había dicho a los médicos que, si
sufría otro bajón, no lo reanimaran, que quería irse. Sentí que una parte de mí
se apagaba también, como si aquel momento que tanto temía ya me estuviera
pisando los talones; aun así, entendía su decisión. Verlo sufrir tantas veces,
con cada bajón, me estaba rompiendo el alma.
Los días siguientes transcurrieron con más calma; mi padre estaba más
animado. Estando a solas conmigo, me contó que mi abuela le había prometido
darme 50.000 euros en efectivo para ayudarme con los estudios. Al decírmelo,
intentaba parecer alegre, pero su rostro reflejaba preocupación; detrás de esa
felicidad fingida, yo sabía que me ocultaba algo. Preferí no darle importancia;
solo quería disfrutar de cada momento junto a él.
Poco después nos avisaron de que ya no podía quedarse mucho más tiempo
en el hospital y que debíamos buscar un centro paliativo para que viviera con
cuidados constantes. Cuando me lo explicaron, supe que él nunca llegaría a
ese lugar: noté cómo su luz luchadora se apagaba en ese instante. Mi padre
era una persona que irradiaba vida allá donde iba, incapaz de verse a sí mismo
esperando la muerte en un centro paliativo. Dos días antes de su desenlace fui
con mi madre a visitarlo, y pasamos una tarde entera riendo los tres sin parar.
Se quejaba de que no le habíamos traído los croissants que había pedido y no
dejaba de hacer chistes. Era el padre que yo admiraba, el que me quería con
todo el corazón.Pensé: ojalá siempre fuera así, con esa vitalidad.
Pero al día siguiente todo cambió: respiraba mal y estaba apagado. Le
llevamos los croissants que había pedido, aunque ya no parecía disfrutarlos.
En el hospital solían darle caldos, pero ese día sirvieron fideuá de primero y
pollo relleno de segundo, un plato que en otro momento se habría comido sin
pensarlo dos veces; esta vez no quiso probar nada. Su respiración se oía
entrecortada, como un silbido, y en ese instante supe que no saldría de la
habitación 111. Quería quedarse sin compañía, así que le hicimos caso y
salimos. Mientras bajaba las escaleras, una voz interior me dijo que ese sería
el último día en que podría hablar con él; le pedí a mi madre que avanzara sin
mí y corrí de vuelta a la habitación. Lo encontré de espaldas, mirando hacia la
pequeña ventana por donde entraba la luz. Me costó hablar, pero le dije que lo
quería mucho y le pregunté si estaba orgulloso de mí. Él no respondió a la
pregunta; solo repitió «yo también», con la voz quebrada.Una parte de mí
quería quedarse, pero él necesitaba estar solo, así que decidí no ser egoísta y
salí despacio de la habitación. Me sentí muy mal conmigo misma, pensando
que se iría sin haberme dicho jamás que estaba orgulloso de mí. Es duro para
un padre dejar atrás a una hija de diecinueve años que no tenía la certeza de
que su familia fuera a apoyarla. Se iba de este mundo dejando muchos cabos
sueltos; una manera triste de partir, sin poder irse en paz.
A la mañana siguiente, a primera hora, el hospital nos volvió a llamar, diciendo
que estaba muy mal y que, si quisiéramos, podrían volver a reanimarlo. Pero
nosotros no queríamos: él había pedido expresamente que lo dejaran tranquilo;
no quería seguir más y teníamos que cumplir la promesa.
Pasé horas allí, de pie, viendo cómo lo que quedaba de él respiraba de manera
entrecortada, ya sin ninguna conciencia, sin posibilidad de hablarle. Ese día a
las 15:20 h dio su último respiro. Sentí una punzada en el corazón como nunca
antes, como si algo dentro de mí hubiera muerto o se hubiera marchado junto a
él. Durante esos meses supe que iba a fallecer y creí que estaba preparada;
cuando llegó el momento, descubrí que no lo estaba. Que nadie lo está nunca.
La noche de su fallecimiento soñé con él. Estábamos en una playa, yo con la
figura de una niña de cuatro años, y él con un cuerpo sano. Me dijo: «Venga,
vamos a echar la última carrera». Acepté y corrimos juntos. Deseé que aquel
sueño no acabara nunca, pero una luz lo llamó; quise seguirlo, y me dijo que no
lo hiciera, que mi momento aún no había llegado. Me pidió que fuera feliz y me
prometió que él siempre me protegería.Al despertar, sentí que mi habitación
olía a él, y supe que había venido a visitarme. Mi madre también soñó con él
esa noche y me contó que su habitación olía igual. Fue un sueño
profundamente reconfortante.
Llegó el día de su ceremonia. Debería haber sido un día en que me sintiera
acompañada, pero no fue así. Estaba toda la familia de mi padre, incluido su
hermano, Armand, junto a su mujer, Ana, y su hija, Inma. Armand tenía
esquizofrenia y vivía en un centro, incapaz de llevar una vida cotidiana; Ana me
contó que vino muy medicado al entierro, porque la muerte de mi padre fue un
golpe tremendo para él: se llevaban muy bien, tanto que años atrás una vez al
mes mi padre dedicaba su lunes festivo a sacarlo del centro y pasar el día con
él —comían pizza, iban al cine, y a veces los acompañaba mi abuela, Ana
María, para disfrutar los tres juntos—. Noté a Armand muy desconectado y
triste; aunque su mente no estuviera del todo en este mundo, sabía que no
volvería a ver a su hermano, y eso lo destrozaba.
También llegaron Ingrid, junto a su marido, Alfredo, y su hija, Lucía. Alfredo en
ese momento se acercó a mí y me dijo delante de la multitud que a partir de
ahora él se haría cargo de mí siendo como un segundo padre y que siempre
contara con él. Un gesto que me pareció una falta de respeto, porque apenas
tenía relación con él y sentí que hoy era un día para honrar a mi padre y no
para decir quién sustituiría su figura paterna, que además luego no cumplía con
su palabra.
A la vez estaba Amelia, junto a su pareja, Quique. Con él apenas tenía
relación; Quique era una persona muy reservada, y la que siempre hablaba era
mi tía Amelia. Al verme, Quique simplemente me dio el pésame de manera
educada
La ceremonia fue extraña. Llegaron muchos familiares a los que no conocía, y
algunos de ellos no me dieron el pésame; me miraban con recelo, como si
fuera una extraña en el funeral de mi propio padre. Quien se mostró más
distante fue mi abuela Ana María, sin que yo entendiera por qué apenas me
dirigía la palabra. Podía comprender que sintiera un dolor inimaginable por
haber perdido a un hijo, pero ella también debía entender que yo, con solo 19
años, acababa de perder a mi padre. Al entrar en la iglesia quise colocarme
frente a su ataúd; me puse a su lado y ella me dijo: «Aquí no puedes estar, que
no perteneces a esta familia». Sus palabras me carcomieron por dentro; no
entendía qué la había llevado a decir eso. Me sentí tan desubicada que la miré
con tristeza y me aparté hacia el otro lado. No me siento orgullosa de aquella
decisión — tenía todo el derecho a estar frente al ataúd de mi padre, pero en
ese momento me sentía demasiado débil para hacerle frente. Presentí,
además, que algo se estaba tramando a mis espaldas, aunque entonces no
lograba entender su verdadera dimension. Sinceramente, pensé que mi historia
terminaba aquí, porque la muerte suele marcar el final de una etapa. Pero mi
historia, en realidad, empezaba justo entonces, desde el entierro de mi padre.
Porque aquello no era el final. Apenas era el comienzo de algo inimaginable.
¿Te has quedado con ganas de más? No te quedes con la duda. Descubre el desenlace de esta impactante historia de traición y resiliencia ahora mismo.